Déjame ser tu
almohada donde descanse tu pelo blanco de luna,
te bajaré nubes
tiernas de algodón que suavicen tu pesar.
Déjame ser tus
manos que limpien las telarañas de tu frente,
te traeré
lluvia tenue como gotitas de rocío con que dar luz y brillo a tus
recuerdos.
Déjame ser tus
oídos que oigan nuestras palabras de aliento
y te rescaten de
la oscuridad de tu negro presidio, de tu cadena perpetua.
Déjame ser tus ojos que, como un rayo de luz, te devuelvan la ilusión
e iluminen tu interior de niña pequeña, de niña pequeña.
Déjame ser tu
boca, tu piel, tu corazón, que sienta nuestras caricias
y tejan un nido
donde cobijar los pájaros que se escapan buscando otro cielo.
Déjame
abrigarte el corazón con el nuestro, en un hilo,
en la frontera
de los sentimientos que desbordan ríos de cariño.
Déjame decirte
y hacerte todo lo que no te dije, todo lo que no hice,
cuando tu vida
era una entrega incondicional de generosa guerrera,
donde la sangre
era el vínculo más fuerte al que tú te entregaste,
para que no le
faltase nada a los tuyos, que eran los míos, que son los nuestros.
Déjame soñar
contigo, madre, en esta noche tan larga,
para recuperar
lo perdido, para aliviar lo llorado.
Para que un rayo
de luz ilumine tu sonrisa, que es la mía, que es la nuestra.