Tus cenizas embravecieron el mar de septiembre,
tu presencia mimética y telúrica
imprimió
la impronta, tu impronta,
mujer de raza y corazón noble.
Y fuiste también sensible espuma blanca besando las rocas,
que te daban la bienvenida como un latido
de manos de la sangre de tu sangre.
Lágrimas y mar saladas en el abrazo,
en un te llevo en mi corazón para siempre, mamá.
Te veo danzar entre los encajes rizados de la mar
que se hizo hembra,
olas, que ahora en su algarabía, celebran tu encuentro,
y en un coro de gaviotas libres en el cielo azul impoluto,
sin una nube que manche el color, brillante y cegador
como un espejo frente al sol de la tarde.
Ahora estás en él, en ella.
Ya sus aguas eres tú, amiga del alma,
más saladas que nunca porque le aportaste, como un afluente,
tu gracia, tu donaire y tu risa. ¡Ay, tu risa!
que sacaba del pozo más profundo agua fresca y cristalina,
que sanaba corazones heridos y maltrechos,
que filtraba la alegría por las venas.
¡Ay de tu risa! que resonará siempre en mi memoria,
como tus palabras, como tu voz,
y me invitará, con esa melodía, a seguir el viaje.
¡Cuántas veces se perdió tu mirada soñadora,
embelesada en el horizonte!,
porque donde otros solo veían mar, tú veías puente,
donde otros solo veían agua, tú veías vida.
Ahora que no eres nada en la tierra, ni ceniza siquiera,
lo eres todo en el universo de mi pecho.
