Breves momentos de inspiración y alguna noche de insomnio

viernes, 8 de mayo de 2020

La niña que llevo dentro (II)

 2. No me gusta madrugar (*)


«Es dicho de dormilones que por mucho madrugar no amanece más temprano»
Baltasar Gracián


Desde siempre lo he sabido: no me gusta madrugar. Tampoco me gusta dormir, pero cuando me pongo, me pongo.

Desde pequeña... ¿a qué niña le puede gustar madrugar? Bueno, hoy día es diferente porque la programación infantil de la tele comienza muy temprano y con un montón de canales al uso. ¡Pero en mi época...! en la que no había ni televisor en casa... Yo tenía ocho años cuando entró por la puerta grande y se colocó en el sitio principal del salón para poder ser vista desde todos los ángulos desbancando así al aparato de radio.
Aprendí a hablar con mucha claridad desde muy pequeñita. Recuerdo que dormía en mi cuna cogida de la mano de mi madre. La pobre, después de llevar un día agotador, pillaba la cama con tantas ganas que se dormía enseguida, mientras yo fantaseaba a oscuras. Cuando notaba la falta de presión de su mano le repetía aquella frase egoísta: «Mamá no te duermas, que yo no tengo sueño»; y aquella otra más heavy, cuando era más mayorcita y me sugería la siesta veraniega tan reparadora que daba un respirito a los papás: «¿Por qué no te duermes un ratito?... Es que me aburro». ¡Dormir me aburría! Sí, literalmente. Ya desde entonces opositaba a Despierta Perpetua, porque hoy si no fuera por las pastillas... ¡ay, las pastillas...! que no se me olviden…, que me tocan a las diez... ¿Por dónde iba? Ah, sí, hablaba de no dormir.

Me ha gustado trasnochar, lo he podido constatar de joven. No había guateque, fiesta o sarao que acabase conmigo. Siempre he preferido la noche, quizás porque es el preludio de la mañana, o porque no he querido que el día acabase tan pronto, es tan corto..., tan corto el día, tan corta la vida...

¿Pero, madrugar…? Aquellas mañanas frías de invierno iniciando los preparativos para el cole, «ponte el corsé, estira la camiseta...», los pellizcos, ¡tengo sueño! «Mete la cabeza» -odiaba los jerséis de cuello alto-. «Toma los calcetines, la bota, el aparato..., tú sola, yo te ato los cordones... ¡venga que se hace tarde!». Esa rutina diaria, ese automatismo con los ojos llenos de sueño. ¿A quién podía gustarle madrugar?

Después llegó la etapa dorada. Se acabaron los madrugones y comenzaron las trasnochadas. Estudié en turnos de tarde y trabajé posteriormente en turno de tarde. Sin haberlo buscado, fue ideal de la muerte. Claro que en mi etapa laboral fue disminuyendo la vida nocturna paulatinamente hasta hacerse inexistente con la llegada de mi hijo.

Y os cuento todo esto para deciros que hoy he madrugado. Mi mente se despertó a las ocho de la mañana con la alarma del teléfono móvil, mi despertador favorito. Pero mi cuerpo, que tiene vida propia, se tomó su tiempo. Y eso que yo lo estimulo, que siempre viene bien un poquito de ayuda. Muevo, estiro y crujo mi cuello; huesitos, músculos y articulaciones en marcha. Todo eso antes de salir de la cama y en dos fases: una tendida y otra sentada. Pero aún así, cuando me levanto debo tener cuidado con los movimientos, los mareos...

Y es que, irremediablemente, a mi cuerpo tampoco le gusta madrugar.


(*) Relato publicado en el libro Sueños en la mirada, a beneficio de la investigación del Síndrome Postpolio.

2 comentarios:


  1. Es increíble, pero casi todo tu texto podría estar hablando de mí, salvo que no dejé de trasnochar durante mi etapa laboral, y que no sé si hablé pronto y claro o no. Todo lo demás... clavadito!!

    Ahora entiendo por qué nos llevamos tan bien.

    Besitos, a montones.

    Me voy a leer la parte tres

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  2. Es que somos dos noctámbulas, jajaja... y una época similar, aunque tú eres más joven que yo.
    Creo que los buhos se llevan bien entre ellos, no? ;)

    Mil besos

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