2. No me gusta madrugar (*)
«Es
dicho de dormilones que por mucho madrugar no amanece más temprano»
Baltasar
Gracián
Desde siempre lo he
sabido: no me gusta madrugar. Tampoco me gusta dormir, pero cuando me
pongo, me pongo.
Desde pequeña... ¿a qué
niña le puede gustar madrugar? Bueno, hoy día es diferente porque
la programación infantil de la tele comienza muy temprano y con un
montón de canales al uso. ¡Pero en mi época...! en la que no había
ni televisor en casa... Yo tenía ocho años cuando entró por la
puerta grande y se colocó en el sitio principal del salón para
poder ser vista desde todos los ángulos desbancando así al aparato
de radio.
Aprendí a hablar con
mucha claridad desde muy pequeñita. Recuerdo que dormía en mi cuna
cogida de la mano de mi madre. La pobre, después de llevar un día
agotador, pillaba la cama con tantas ganas que se dormía enseguida,
mientras yo fantaseaba a oscuras. Cuando notaba la falta de presión
de su mano le repetía aquella frase egoísta: «Mamá no te duermas,
que yo no tengo sueño»; y aquella otra más heavy, cuando
era más mayorcita y me sugería la siesta veraniega tan reparadora
que daba un respirito a los papás: «¿Por qué no te
duermes un ratito?... Es que me aburro». ¡Dormir me aburría!
Sí, literalmente. Ya desde entonces opositaba a Despierta
Perpetua, porque hoy si no fuera por las pastillas... ¡ay, las
pastillas...! que no se me olviden…, que me tocan a las diez...
¿Por dónde iba? Ah, sí, hablaba de no dormir.
Me ha gustado trasnochar,
lo he podido constatar de joven. No había guateque, fiesta o sarao
que acabase conmigo. Siempre he preferido la noche, quizás porque es
el preludio de la mañana, o porque no he querido que el día acabase
tan pronto, es tan corto..., tan corto el día, tan corta la vida...
¿Pero, madrugar…?
Aquellas mañanas frías de invierno iniciando los preparativos para
el cole, «ponte el corsé, estira la camiseta...», los pellizcos,
¡tengo sueño! «Mete la cabeza» -odiaba los jerséis de cuello
alto-. «Toma los calcetines, la bota, el aparato..., tú sola, yo te
ato los cordones... ¡venga que se hace tarde!». Esa rutina diaria,
ese automatismo con los ojos llenos de sueño. ¿A quién podía
gustarle madrugar?
Después llegó la etapa
dorada. Se acabaron los madrugones y comenzaron las trasnochadas.
Estudié en turnos de tarde y trabajé posteriormente en turno de
tarde. Sin haberlo buscado, fue ideal de la muerte. Claro que en mi
etapa laboral fue disminuyendo la vida nocturna paulatinamente hasta
hacerse inexistente con la llegada de mi hijo.
Y os cuento todo esto para
deciros que hoy he madrugado. Mi mente se despertó a las ocho de la
mañana con la alarma del teléfono móvil, mi despertador favorito.
Pero mi cuerpo, que tiene vida propia, se tomó su tiempo. Y eso que
yo lo estimulo, que siempre viene bien un poquito de ayuda. Muevo,
estiro y crujo mi cuello; huesitos, músculos y articulaciones en
marcha. Todo eso antes de salir de la cama y en dos fases: una
tendida y otra sentada. Pero aún así, cuando me levanto debo tener
cuidado con los movimientos, los mareos...
Y es que,
irremediablemente, a mi cuerpo tampoco le gusta madrugar.
(*) Relato publicado en el libro Sueños en la mirada, a beneficio de la investigación del Síndrome Postpolio.
ResponderEliminarEs increíble, pero casi todo tu texto podría estar hablando de mí, salvo que no dejé de trasnochar durante mi etapa laboral, y que no sé si hablé pronto y claro o no. Todo lo demás... clavadito!!
Ahora entiendo por qué nos llevamos tan bien.
Besitos, a montones.
Me voy a leer la parte tres
Es que somos dos noctámbulas, jajaja... y una época similar, aunque tú eres más joven que yo.
ResponderEliminarCreo que los buhos se llevan bien entre ellos, no? ;)
Mil besos